ATERRIZAJE
17.00 h.
Ya hace rato que estoy despierta. Despierta del todo. Miro a mi alrededor y flipo. Falta menos de una hora para aterrizar en Singapore y más de medio avión sigue durmiendo a pierna suelta… llevan así desde, no sé, la 1 de la noche? Se deben haber puesto de somníferos hasta el pompis, digo yo. Por mi parte, he cometido el error de emocionarme. Me he despertado a media noche y, no sé por qué, he pensado que faltaban 6 horas para llegar. En realidad faltaban 10. Pero ya está. Ya la veo por mi ventanilla. Es una vasta extensión de agua con tropezones de tierra aquí y allá. Como un consomé. Y sí, el ambiente está caldeado, pronto lo descubriré.
20 minutos más tarde, mis pies están en tierra y mi mano con la de Àlex. Se ha puesto de estreno y me siento orgullosa de ir del brazo de un dandy. El aeropuerto yo creo que es el más moderno que una mañica como yo ha visto jamás. Está todo impecable, los suelos resbalan lo justo. En seguida llegamos al MRT (Mass Rapid Transportation; “para qué eufemismos”, debieron pensar), que viene a ser como yo me imagino el metro de Tokio, pero sin manos enguantadas que empujen al personal.
En cuanto salimos del metro choco frontalmente con el tropical clima singapurense. Es como estar al borde de una piscina climatizada. Aire caliente y siento la humedad en mí, como Ana Torroja.
[La verdad es que el milagroso cuerpo humano se acostumbra muy rápido a todo. Ahora que ha pasado un mes, puedo decir que es un clima muy agradable e incluso a veces consigo tener frío (sin aire condicionado, eso es trampa). Creo que el agosto en Barcelona me va a parecer invierno.]
Ya hace rato que estoy despierta. Despierta del todo. Miro a mi alrededor y flipo. Falta menos de una hora para aterrizar en Singapore y más de medio avión sigue durmiendo a pierna suelta… llevan así desde, no sé, la 1 de la noche? Se deben haber puesto de somníferos hasta el pompis, digo yo. Por mi parte, he cometido el error de emocionarme. Me he despertado a media noche y, no sé por qué, he pensado que faltaban 6 horas para llegar. En realidad faltaban 10. Pero ya está. Ya la veo por mi ventanilla. Es una vasta extensión de agua con tropezones de tierra aquí y allá. Como un consomé. Y sí, el ambiente está caldeado, pronto lo descubriré.
20 minutos más tarde, mis pies están en tierra y mi mano con la de Àlex. Se ha puesto de estreno y me siento orgullosa de ir del brazo de un dandy. El aeropuerto yo creo que es el más moderno que una mañica como yo ha visto jamás. Está todo impecable, los suelos resbalan lo justo. En seguida llegamos al MRT (Mass Rapid Transportation; “para qué eufemismos”, debieron pensar), que viene a ser como yo me imagino el metro de Tokio, pero sin manos enguantadas que empujen al personal.
En cuanto salimos del metro choco frontalmente con el tropical clima singapurense. Es como estar al borde de una piscina climatizada. Aire caliente y siento la humedad en mí, como Ana Torroja.
[La verdad es que el milagroso cuerpo humano se acostumbra muy rápido a todo. Ahora que ha pasado un mes, puedo decir que es un clima muy agradable e incluso a veces consigo tener frío (sin aire condicionado, eso es trampa). Creo que el agosto en Barcelona me va a parecer invierno.]

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